
LA BUSQUEDA DE NUESTRA PROPIA REALIDAD
Fragmento de conferencia
Anhelo de verdad para cada uno de ustedes la inocencia, quisiera ver la Esencia de cada uno de ustedes desembotellada, libre, quisiera verlos en el Edén, quisiera verlos entre las maravillas del Cosmos.
Cuando la Esencia se desembotella, cuán felices somos. Observemos los elementales de la Naturaleza, ¡qué dichosos! Ellos viven en los reinos paradisíacos. Observemos a los príncipes del fuego, del aire, de las aguas y de la tierra, ellos abren sus puertas maravillosas ante nosotros cuando reconquistamos la inocencia.
Se hace necesario que la mente sea pura, que el corazón sea sencillo y que tengamos un cuerpo sano. Se hace impostergable que en nosotros resplandezca de verdad el Espíritu puro.
Cuando retornemos al estado paradisíaco, escucharemos todos esos milagros del fuego, todas esas sinfonías que resuenan siempre con los ritmos del Mahaván y del Chotaván que sostienen al Universo firme en su marcha. Cuando nosotros regresemos al estado paradisíaco por haber reconquistado la inocencia, sabremos lo que es la unidad de la vida libre en su movimiento y sentiremos de verdad en nuestro corazón las palpitaciones de la estrella más lejana y de la flor más humilde.
Cuando hayamos reconquistado la inocencia tendrá para nosotros palabras milagrosas, el torrente que se lanza a través de su lecho de rocas y la luna pálida que brilla en el cielo azul de la noche estrellada.
Cuando hayamos reconquistado la inocencia podremos parlar en el orto purísimo de la divina lengua, que como un río de oro corre bajo la selva espesa del Sol. Cuando hayamos reconquistado la inocencia volveremos a juguetear como los niños con las hadas del fuego, de los aires, de las aguas y de la tierra; entonces mis queridos hermanos, seremos felices.
Hoy por hoy estamos adoloridos, sufrimos lo indecible porque todavía no hemos reconquistado la inocencia. Nuestra mente está cargada con el polvo de los innumerables siglos, estamos leprosos.
Necesitamos del Cristo Redentor para que nos limpie de esa lepra. Obviamente tal lepra no es más que el "yo", el Ego, el "mí mismo", el "sí mismo". Necesitamos ser limpios como el patriarca Job lo fue después de haber sufrido tanto.
Cuando reconquistemos la inocencia, mis queridos hermanos, estaremos en comunión con los Dioses Santos, entonces sabremos que ellos existen de verdad. Cuando reconquistemos la inocencia podremos conversar con Minerva, la Diosa de la Sabiduría; cuando reconquistemos la inocencia, nuestro Padre Hermes Trismegisto, el tres veces grande Dios Ibis de Toht, vendrá a instruirnos.
Cuando reconquistemos la inocencia podremos entonces dialogar íntimamente con nuestra Divina Madre Cósmica y Ella nos arrullará con sus mejores cantos, Ella entre sus brazos nos acariciará, nos volverá a mecer entre la cuna de la Naturaleza, con el arrullo con que una madre arrulla al hijo tierno que lleva entre sus brazos.
Cuando hayamos reconquistado la inocencia, mis caros hermanos, podremos ver cara a cara al León de la Ley y entonces comprenderemos que el fuego nos puede transformar radicalmente. Cuando hayamos reconquistado la inocencia comprenderemos que esos 24 ancianos del Apocalipsis de San Juan están dentro de nosotros mismos aquí y ahora, son las 24 partes de nuestro Ser.
Cuando hayamos reconquistado la inocencia veremos que los cuatro bienaventurados, las cuatro santas criaturas que dirigen el fuego, que gobiernan el aire, el agua y la tierra, son partes también de nuestro propio Ser. Cuando hayamos reconquistado la inocencia arrojaremos nuestras coronas a los pies del Cordero, entonces sabremos lo que es ciertamente el Cristo Interno, lo que es ciertamente el Inmolado, el Redentor.
Ha llegado la hora, mis queridos hermanos, de disolver todo lo que nos afea, acabar con esa polvareda de los siglos que cargamos en nuestro interior. El Cordero nos lava con su sangre redentora, esa sangre es el fuego. Amemos al Cordero, rindámosle culto porque El ciertamente es el Salvador.
¿Quién se podría sacrificar por nosotros? ¿Quién mejor que el Cordero? El, dentro de nosotros mismos, haciéndose cargo de nuestros procesos mentales, volitivos, sentimentales, emotivos, sexuales; El, dentro de nosotros mismos, eliminando todo lo que tenemos de horripilantes, al fin nos salva, por eso es nuestro Salvador.
Rindamos culto al Cordero y arrojémonos a sus pies, porque Él es digno de toda honra y gloria y majestad. Él nos permitirá volver a la inocencia purísima de los antiguos tiempos. Él nos permitirá volver a experimentar en nuestros corazones las melodías que se escapan de la Lira de Orfeo. El nos permitirá volver a sentir en nuestra Conciencia el centelleo de los planetas de nuestro Señor el Cristo; Él nos permitirá entonces volver nuevamente regenerados a la antigua Arcadia, donde los ríos de agua pura de vida manarán leche y miel.
Allá arriba en los cielos estrellados palpitan los soles del espíritu; aquí abajo a la orilla de los ríos cantarines, resplandecen las flores del Alma. Es necesario que el Espíritu y el Alma en matrimonio perfecto convivan para nuestro bien.
Es necesario que la piedra bruta y el diamante se fusionen integralmente para que se conviertan en soles espirituales. Es necesario comer de los frutos del árbol de la vida. Es necesario arrojarnos, mis queridos hermanos, arrojarnos a los pies de nuestro Señor el Cristo Intimo y adorarle eternamente.
S.A.W.
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